Creedme cuando os digo que el ser humano es un folio en blanco metido en una impresora. Quien os lo dice bien sabe por qué. Lo ha vivido, lo ha sentido. Fue con el nombre de Kenia impreso a lo grande en su camiseta y volvió con su impresión en lo más hondo. Os puedo asegurar que cuando volvió, el de su camisa ya no resaltaba tanto.

Un grupo de unas 30 personas, la mayoría adultos ya, un Fly Emirates destino a Nairobi con escala en Dubai, tres guitarras españolas y dos cámaras de fotografía, todos con camiseta de un solo lema y una idea entre ceja y ceja. El lema, Living for others de cooperación internacional; la idea, el campo de trabajo.

El campo de trabajo no era otro sino trabajar en Eastlands College of Technology (E.C.T.), un centro de formación profesional ded Nairobi impulsado por Strathmore educational trust, una fundación privada fundadora de proyectos sociales tales como Strathmore University, Strathmore School y el mismo Eastlands, que tiene como objetivo la capacitación técnica para empresarios y artesanos del sector más sencillo del barrio de Eastlands, y también fomenta vínculos permanentes con el centro y su labor social.

La aportación de este grupo de jóvenes era cavar y afianzar los fundamentos de un nuevo edificio del
recinto de Eastlands que sería utilizado como vestuarios. Esa

necesidad es debida al interés por parte del centro docente de proveer de un mínimo de higiene personal, como pueden ser unas duchas, a la gran cantidad de niños de los barrios de alrededor de Eastlands que vienen a jugar al futbol. Aunque una ducha debería estar al alcance de todo ser humano, los chicos, que viven en los barrios más desfavorecidos de Nairobi, no tienen la posibilidad, en su amplísima mayoría, de hacer uso de una de ellas. Por lo que se impulsó la construcción de esos vestuarios. Por otro lado, era necesaria la habilitación de una sala en mal estado de un orfanato cerca de Eastlands, llamado Baldo Ippolita Catholic hospital.

Diariamente un grupo cavaba los cimientos del vestuario y otro habilitaba esa parte del orfanato hasta reunirse otra vez a la hora de comer. Es decir, durante las dos semanas el equipo se dividió en dos.

Habría sido un campo de trabajo normal si no hubiera sido por ese nombre inicial. Kenia sorprende a cualquiera y nosotros no fuimos distintos. Varios días los pasamos en el barrio más pobre bailando y jugando con los niños, la gran mayoría no superaba los trece años: niños de camiseta descolorida, chanclas trabajadas y una amplísima sonrisa de oreja a oreja. Al cabo de poco todos estábamos resoplando de tanto cantar mientras se nos habían juntado ya cientos de niños que, al ver alegría, iban corriendo a participar de ella. Seguimos cantando guitarra en mano. ¿Cómo no hacerlo? Por muy cansado que estés, esas caritas sonrientes no se merecían ni mucho menos. Durante las dos semanas, las personas de nuestro equipo se dividieron en dos.

Eso no es más que uno de los miles de sucesos que nos regaló esa bendita tierra. Dicen que puedes contagiar enfermedades y sin embargo solo nos contagiaron alegría. Kenia es saludar continuamente en suajili, jugar al futbol con diversos colegios y visitar una isla con jirafas. Kenia era ver monos cruzando la carretera, autobuses llamados matatu circular alocadamente, mercadillos asfixiantes y todo acompañado con la inseparable alegría que todo lo envuelve, unido a un fuerte sentimiento de familia que se respiraba en todos los barrios. Kenia es agradecida, es discreta, es optimista. El folio que somos no es eterno ¿Queréis un consejo? Que nadie se equivoque de impresora.

Kenia solo era el nombre de un campo de trabajo impreso en una camiseta, lo era.